La historia de un corazón que despertó en una ambulancia

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LOS MINUTOS que tarda una ambulancia en llegar a un hospital para los acompañantes se vuelven una eternidad.

Por: Jacqueline López Zarate

Nunca había subido a una ambulancia, sólo las había visto transitar entre el tráfico de la ciudad, meterse por el carril confinado del Metrobús y buscando alternativas viales.

No imaginaba que la distribución del espacio estuviera estratégicamente diseñada para que en cualquier situación dos paramédicos puedan realizar las maniobras en movimiento y tengan el equipo y maletas de primeros auxilios a la mano. Además que en los sillones laterales pueda ir el familiar sentado sin estorbar. En ese lugar iba yo.

Solo bastaron diez minutos arriba de la ambulancia de la Cruz Roja para escuchar la alerta de auxilio en la radio. Teníamos que llegar en siete minutos a un choque en Lomas de Chapultepec desde la calle Luis Vives, en Polanco. Al llegar al lugar no había nada que lamentar. El saldo eran tan solo raspones, crisis nerviosas y vidrios rotos.

Más tarde el siguiente llamado fue una consulta a domicilio a una mujer de edad avanzada. La glucosa le jugó una mala pasada y los familiares llamaron a la ambulancia ante su palidez. Recuerdo que comentamos en el trayecto que en el turno no hubo ni muertos ni atropellados.

Ya casi daban las dos de la tarde. Estaba a punto de terminar el turno cuando el paramédico Armando Téllez, responsable de la ambulancia, me preguntó si me gustaría concluir mi jornada con ellos. Había salido de última hora un servicio. No pude negarme y emprendimos el viaje hacia la colonia San Rafael.

No recuerdo la calle, pero sí una farmacia en la esquina. Ahí estaba un hombre haciendo señas para abrirnos paso. Era la hora de la salida de una primaria. Había mucha gente, niños con sus mochilas, hombres y mujeres mirando a aquel hombre desvanecido en medio de la calle, con el pecho descubierto, recibiendo reanimación cardiopulmonar por las enfermeras de la escuela.

En cuanto llegamos, los paramédicos entraron en acción. La obesidad de aquel hombre hacía complicadas las maniobras. Continuaron con la reanimación: cien compresiones en el pecho por minuto con los brazos. Luego administraron una inyección de adrenalina. No hubo respuesta. Pasaron cinco minutos y la escena seguía igual, el cuerpo no respondía. Vino la segunda dosis de adrenalina y nada. Armando Téllez determinó que era momento de aplicar descargas eléctricas porque el paciente se estaba yendo.

Apoyé en las tareas de llevar las maletas, los medicamentos y todo lo que me iban pidiendo los paramédicos, además de hacer espacio entre la multitud y aquel hombre.

Me sentía en una escena de esas series televisivas de médicos salvando vidas, pero en esta ocasión estaba en la realidad, estaba participando en la historia y estaba viendo a un hombre en una situación en la que yo, por algún motivo, lo acompañaba e indirectamente le ayudaba a luchar por su vida.

Fueron tres descargas y no hubo resultado. Ya no quedaba más tiempo, se tenía que realizar una intervención mucho mayor, pero debía hacerse en el hospital central de la Cruz Roja de Polanco. Entre ocho hombres subieron a la ambulancia a aquel sujeto. Los minutos que tardó la unidad en transportarlo parecieron horas.

Tras varios intentos, la reanimación cardiopulmonar dio resultados: el corazón de ese hombre comenzó a reaccionar. Ya tenía pulso. Armando Téllez, su ayudante paramédico, el conductor, una enfermera y yo brincamos de gusto, creo que sólo nos faltó abrazarnos de la emoción. Aquel corazón latía. Era todo un acontecimiento, un motivo para festejar por haber sido un instrumento para auxiliar a un hombre que estaba en ese hilo delgado entre la vida y la muerte y que, por lo visto, la había librado.

Yo sólo pensaba en su familia que al verlo en el hospital dirían ¡que susto nos metiste! Y también en la recuperación en el sanatorio, los cuidados intensivos, la dieta rigurosa, ejercicio para bajar más de 80 kilos, todo por esa llamada de atención del corazón.

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