El Dux de Venecia, la cantina centenaria de Azcapotzalco

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Por Memo Bautista

Al Dux de Venecia uno no va a beber. A esta cantina centenaria de Azcapotzalco todo el mundo llega para platicar con otro parroquiano sobre el partido de futbol, del box, del proyecto de investigación para entregar en la UAM Azcapotzalco, de la incapacidad de los políticos mexicanos para llevar por buen rumbo al país.

En el Dux cualquier momento es bueno para apaciguar la sed peligrosa, pero si da después de la una de la tarde es mejor, porque a esa hora ya está preparada la botana: caliente, llenadora y sin pretensiones. Picosita para que amarre el guiso con el alcohol: los frijoles charros, el chicharrón negro, las albóndigas rojas con mucho chipotle, el caldo tlalpeño, las quesadillas de sesos, el mole de olla, la pancita para curar la cruda, la colita de res y más de cien recetas caseras: un platillo estelar para cada día de la semana. Pero ninguno puede igualar a los caracoles con mole de los jueves.

En una mesa cercana a la entrada está Enrique Escandón, quién desde hace 13 años dirige la cantina que su abuelo fundó. El hombre es guardián de un lugar que da identidad desde hace 100 años a los habitantes de Azcapotzalco. Habla con pasión de su historia familiar y, sobre todo, de su historia como oriundo de este antiguo pueblo. El hombre de 50 años levanta la barbilla y saca el pecho.

Se siente orgulloso de la tierra en que nació y del oficio que tomó desde la primera vez que cruzó las puertas batientes del Dux, cuando tenía 13 años. “Nací aquí en Azcapotzalco. Yo soy chintololo. Soy ingeniero de profesión y perdedor de almas por vocación”.

La historia del Dux, como le dicen cariñosamente sus parroquianos, se remonta al año de 1865, cuando un migrante italiano fundó una tienda de abarrotes a la que incluyó el nombre de su tierra: El Dux de Venecia. En 1901 llegó de Asturias su sobrino Enrique y comenzó a trabajar en el establecimiento. La gente compraba y comía en la barra de la tienda o se salía a los portales a tomar el vino, la sidra o las cervezas que acababan de adquirir. Por esta razón en 1918 la familia decide dividir el negocio: acuerdan que la cantina lleve el nombre original del lugar y la tienda otro.

“La gente se sentaba a comer el jamón, el pan, la cervezas, lo que se vendía
–cuenta Enrique—. Mi abuelo comenzó a ponerles mesas. No le gustaba verlos así, no sé si por buen corazón o porque parecía mercado. En el 18 los separan.

La tienda estuvo trabajando en la acera de enfrente hasta 1965, año en que muere mi abuelo, mi familia decide quitar la tienda y nada más permanecer con el negocio de la cantina y queda al frente mi papá, Santiago Escandón”.

Por supuesto, el Dux de Venecia también tiene su bebida emblemática: el limón, un trago color verde radioactivo preparado con vodka, dos limones, jarabe, yerbabuena, Tehuacán y hielo, que se licúa y se pasa por un colador.

En 1965, uno de los cantinero preparaba un agua de servicio sin alcohol, para sus compañeros de trabajo. Un cliente pidió probar la bebida. Al hombre le gustó y solicitó que agregara algún licor. “Eso fue parte del éxito del Dux y lo hemos tratado de mantener innovando bebidas pero sin inventar el hilo negro”, señala el dueño de la cantina.

Si, al Dux uno no va beber sino a resolver los problemas del mundo. La enorme copa con medio litro de cerveza de barril o el brebaje verde radioactivo especialidad de la casa, o la cuba o el jaibol vienen por añadidura, al dos por uno porque aquí parece que siempre es la hora del amigo. A menos que el cantinero toque la campana que cuelga en la barra, junto a la bota de piel para vino, muy cerca del altar a la virgen de Guadalupe que junta las manos, como quejumbrosa de mirar a sus hijos beber. En cuanto suena el instrumento de acero una ráfaga de chiflidos y mentadas de madre salen de los labios de los bebedores. Pero nadie se ofende. Es un momento lúdico que sirve para desahogar el alma.

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