El deporte artero

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Durante la temporada 2013-2014, que abarca los torneos de Apertura y Clausura del futbol nacional, Rubens Sambueza repartió leñazos al por mayor. Según las estadísticas disponibles, ese año cometió 102 faltas, lo amonestaron 16 veces y fue expulsado en dos ocasiones. La siguiente temporada disminuyó su intensidad al sólo cometer 96 faltas; en cambio, le cometieron 128, probablemente en venganza por sus bajos instintos.

Rubens, mediocampista de 33 años, nacido en Zapala, Argentina, fue transferido del América al Toluca para la actual temporada, sobre todo por su mal comportamiento en la cancha. Prometió portarse bien.

Sin embargo, el 3 de marzo, durante el partido Chivas-Toluca, de la jornada 9, sus malos modos volvieron a cegarlo y le rompió la pierna al “Conejito” Brizuela. La entrada fue “artera”, según el argot futbolero. El diccionario María Moliner define esta palabra como “hábil, astuto, taimado. Se aplica al que causa daño a otros con engaños o hipocresía”. El acto de Sambueza fue, en realidad, una cochinada.

La Comisión disciplinaria le ha impuesto un castigo de ocho semanas. El “Conejito” se perderá lo que resta del torneo.

Por su parte, Pablo Aguilar, defensa del América, ensayó un cabezazo contra el silbante Fernando Hernández durante el partido de octavos de final del Torneo de Copa entre los Xolos de Tijuana y las Águilas (8 de marzo de 2017). Al final del encuentro, Ricardo Peláez, presidente de los azulcremas, presuntamente también agredió al silbante. Ambos fueron sancionados económicamente (Aguilar fue suspendido diez partidos) pero a ojos de la Asociación Mexicana de Árbitros las medidas fueron insuficientes, por lo que se fueron al paro, causando la cancelación de la jornada. A ver qué pasa.

¿Habría hecho lo mismo el jugador del América contra Guillermo Velázquez, “el Chato”, famoso arbitro colombiano que registra en su currículum haber noqueado a cinco jugadores? Este polémico nazareno que imponía el orden y la justicia a golpes, siempre que fuera necesario, expulsó a Pelé durante un partido entre el Santos de Brasil y la selección colombiana que participó en los Juegos Olímpicos de 1968. La anécdota se cuenta en el libro Los ángeles de Lupe Pintor (Almadía), del cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos.