Editorial: ¿Inundaciones? La culpa es de Huitzilopochtli… y Tlaloc

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Mi ciudad es chinampa en un lago escondido
Guadalupe Trigo

Esta semana la Ciudad de México se ha convertido en lo que la naturaleza decidió desde el principio que fuera: en un lago.

Vemos a los ciudadanos muy enojados con el jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, por tantas horas perdidas en el tráfico, por el colapso del aeropuerto capitalino y el retraso de los vuelos, por las inundaciones en casas de la colonia Pensador Mexicano, por el estacionamiento en que se convirtió el Circuito Interior, por tanta agua y tan poco drenaje.

Y con lo del socavón que se abrió ayer en el cruce de las calles Cristóbal Colón y Humboldt, a una cuadra de Reforma, la embestida es contra el delegado en Cuauhtémoc, Ricardo Monreal, a quien la gente acusa de preocuparse más por su futuro político luego de la encuesta de Morena en que no resultó agraciado que por su trabajo en la delegación.

Otros presuntos culpables de este caos, según las quejas populares, son los desarrollos inmobiliarios, los empresarios y hasta los que se roban las coladeras.

Pero no veo a la gente quejándose de ellos mismos cuando tiran basura en las calles. Sí, aunque sea una colilla de cigarro contribuye a tapar el drenaje. No veo a la gente asumiendo su responsabilidad ciudadana.

No se trata de buscar culpables sino responsables y sí, todos somos responsables de lo que sucede en la CDMX, desde el jefe de Gobierno y los delegados hasta cualquier ciudadano de a pie como nosotros.

Tenemos que asumir una realidad: el único culpable de que la Ciudad de México se inunde cada que llueve un poquito más de lo normal es Huitzilopochtli por sacar a los aztecas de Aztlán (dicen que estaba en lo que hoy es Sinaloa) y traerlos a este lago.

¿A qué clase de estúpido dios se le ocurrió que el islote perdido en el lago de Texcoco era el lugar ideal para fundar la Gran Tenochtitlán?

Y ahí van los aztecas a construir chinampas. Y luego vienen los españoles a desecar el lago y destruir la belleza lacustre del Valle de Anáhuac (para quienes no lo sepan, esta palabra viene del náhuatl ā[tl] que significa agua, y nāhuac cerca de, por lo que Anáhuac significa algo así como situado entre las aguas).

Y aquí está la pavimentación y urbanización que va secando los mantos acuíferos al mandar el agua de lluvia al drenaje. Y aquí está el desarrollo desmedido de la Ciudad de México durante siglos hasta convertirse en lo que es hoy: el centro de la Megalópolis que no deja de ser chinampa en un lago escondido como escribiera el cantautor Guadalupe Trigo.

Y aquí estamos hoy, los descendientes de esos mexicas y españoles de baja ralea implorando al único dios que en estos momentos nos puede salvar: Tláloc, ¡ya ciérrale a la llave.

METRO-POLI

¡GODZILLA NO SE HA IDO!

Algo tenemos los mexicanos: buen humor y gran ingenio para burlarnos de nosotros mismos.

Hace unas semanas la CDMX se conmocionó con la filmación de Godzilla y abundaron los extras corriendo despavoridos por las calles del Centro Histórico ante un monstruo que jamás se vio, pues será añadido digitalmente a la película.

Lo que no sabíamos es que Godzilla sí vino a la Ciudad y no solo eso, que decidió quedarse.
Ayer, en el cruce de Cristóbal Colón y Humboldt hizo su aparición.