Y por eso corrí el Maratón de la Ciudad de México

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Logotipo del Maratón Internacional de la Ciudad de México 2017. (Foto: Twitter)

Por Sonia Yáñez

Hace unos años, cuando corrí mi primer maratón, con dolor, lágrimas y frustración por el mal tiempo que hice, juré que regresaría por la revancha.

El último día de mayo del siguiente año, corrí una competencia enojada por la mala organización en la entrega de kits y lo difícil que resulta siquiera trotar en un evento que tiene a más de 50 mil corredoras. “Esto del running se acabó”, me dije. “Voy a poner a la venta mi número del maratón”.

Unos días después comencé a trotar sin tiempo ni ritmo. No marqué ninguna ruta, simplemente corrí por donde me llevaran mis pasos. Quería disfrutar el camino. Mientras corría observaba a las personas que con cara de cansancio regresaban del trabajo y cruzaban Eje Central y veía caminar a algunas parejas. También encontraba a otros corredores que hacían sus entrenamientos por las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México sin prisa. Antes de tomar Insurgentes para regresar de nuevo al Zócalo, encontré de nuevo mi temple y decidí entrenar a conciencia un mes. Si no me sentía bien, dejaba por la paz el Maratón de la Ciudad de México.

Difícil porque me gusta mucho comer. Fue una tortura ir a la panadería por pan integral y sólo acercarme a los anaqueles para oler la mantequilla de los cuernitos, el azúcar con chocolate y vainilla de las conchas y la mermelada y merengue de los pastelitos suculentos.

Segundo reto: dejar la cerveza y el vino tinto. ¡Peor todavía! No sólo bastaba con irse temprano de las reuniones, tenía que salir con mis ñoñeces de “sólo agua, por favor, entreno para el maratón”.

Tercer reto: levantarse temprano para entrenar entre semana. Si algo me pone de malas, es no dormir mis ocho horas reglamentarias. A las seis de la mañana dejar la cama era un suplicio. Por la tarde, cuando regresaba a casa después de trabajar, bonita me veía cabeceando en el metro.

Sin embargo, el sacrificio tiene sus recompensas. Después de un par de meses perdí seis kilos y vi que en mis entrenamientos de distancia terminaba con buen tiempo y mi recuperación era muy rápida.

Inevitable, llegó el último domingo de agosto. Esta vez salí de casa muy tranquila, con una estrategia: comenzar a un ritmo más lento los primeros 15 kilómetros e ir subiendo poco a poco de acuerdo a la manera en que mi cuerpo respondiera. Sonó el disparo de salida, crucé el tapete de inicio y me acaté al plan: no te aceleres, no te enganches, fíjate en tu tabla y el reloj.

Así me la llevé, pero por el kilómetro 30 ya no le veía fin a la ruta, me sentía cansada, las piernas me dolían, los kilómetros eran más largos. A lo lejos vi la avenida de los Insurgentes: faltaban aún 10 kilómetros.

Recuerdo que pasé frente a la porra de mi equipo, compuesta por mis compañeros corredores, por las esposas y esposos, los hijos, los sobrinos. A pesar del clima lluvioso de ese día estaban listos para recibirnos con muchos gritos de apoyo. Si el cuerpo ya no está dispuesto a seguir, basta con tomar un shot de adrenalina cuando uno escucha esas voces que dicen “échale, vamos, tú puedes”, “ya llegaste”, “son sólo dos kilómetros”. Eso logra conectar un motorcito en nuestras piernas y damos un poquito más, porque si ellos creen en ti, ¿cómo carajos no vamos a terminar?

Cuando entré al estadio de CU vi el reloj: cuatro horas con 38 minutos. ¡Había superado mi tiempo anterior casi una hora! Corrí con todas mis fuerzas y crucé la meta. Lo único que pude expresar fue un: “¡A huevo, lo hice!

Ese día por la tarde tomé una cerveza. No es lo recomendable según los nutriólogos, pero después de cuatro meses de entrenamiento y los 42.195 kilómetros que corrí ese día, claro que me lo merecía.