Sinagoga Histórica Justo Sierra, judaísmo a puertas abiertas

0
1158
views

Por Katya Albiter

Mónica Unikel hace el recuento histórico de la migración judía con soltura, mira atenta a sus interlocutores, mueve las manos al compás de la charla, sonríe, ofrece café. A pesar de que tiene 20 años dando visitas guiadas, no suena acartonada, ni hay guión memorizado. Es como una vieja amiga contando sus andanzas de juventud.

—No hay judíos que vivan en esta zona, pero sí hay muchos que todavía mantienen talleres o tiendas de ropa, confecciones o, como decimos, “el onceavo mandamiento, que es confeccionarás”, —dice riendo—. En 1938, compraron dos casas en Justo Sierra 71 y 73, destruyeron lo que había aquí y construyeron un centro comunitario. Porque esto era más que una sinagoga: aquí había oficinas, salón de fiestas, era el lugar de reunión y la casa de estos inmigrantes, y se inaugura en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial. Una vez inaugurada, se convierte en el centro de la vida comunitaria en yiddish desde entonces hasta 1965, que es cuando se inaugura la sinagoga en la calle de Acapulco en la Condesa-Roma. Entonces esta sinagoga empieza a quedar abandonada. Todavía en los años setenta y principios de los ochenta había algunos judíos que vivían en la zona, pero poco a poco esto ya empezó a quedarse en el deterioro total.

Conforme Mónica narra uno se imagina el movimiento, los judíos que dejan el Centro para irse a otras colonias, el paso de la sinagoga en su esplendor, llena de gente y de vida, a un lugar cerrado, polvoso, sin rezos, lúgubre y oscura. Un lugar hermoso con belleza muda. Sólo ella, con sus visitas guiadas, abriendo de vez en cuando el lugar que sólo entonces podía orearse, bajo la mirada curiosa de los visitantes.

Se necesita ser curioso para buscar la sinagoga. Los transeúntes pasan junto a ella todos los días y caminan de largo sin imaginar siquiera lo que esconden esos muros. Esto se debe a la fachada, el camuflaje perfecto en la zona, pues tiene un estilo neocolonial. Nada en ella la delata como sinagoga excepto las Estrellas de David que custodian la entrada, visibles solo a los ojos de los iniciados o conocedores. Esta discreción arquitectónica salvaguardó el bajo perfil de los judíos que la frecuentaban.

Pero una vez pasando el umbral y atravesando el patio se encuentra la fachada real, resguardada por la mezuzá —pergamino con versículos de la Torá que se encuentran dentro de una caja—. La planta baja es el salón de eventos en donde, pulcramente se encuentran expuestas fotografías de las fiestas que otrora se llevaron a cabo ahí.

Al subir las escaleras se halla el espectáculo real, una estancia de abrumadora belleza que conmueve a sus visitantes. El altar llama la atención, o mejor dicho el delicado parojet, la cortina que cubre el lugar donde deberían estar los libros sagrados. En cuanto se fijan los ojos en el techo es difícil apartar la mirada. Los colores azul, ocre, verde y amarillo forman figuras geométricas exquisitas con los que se plasman las tablas de los Diez Mandamientos, la Torá, la Estrella de David, la menorá —candelabro de siete brazos— y el talit —chal de rezo—. Todo resguardado al fondo por un mural del Jardín del Edén.

Para que este lugar estuviera abierto al público, tuvo que llegar el proyecto de recuperación del Centro Histórico y la pregunta de Alejandra Moreno Toscano, quien encabezaba la Autoridad del Centro Histórico, “¿por qué no la restauramos?”. El trabajo no era poco y la comunidad no contaba con los recursos para hacerlo.

Mónica tenía las llaves, después de todo la sinagoga Justo Sierra era un punto muy importante de sus visitas guiadas, entonces le preguntaron “¿Qué opinas?”. Su respuesta fue contundente:

—Creo que hay que restaurarla. Primero que nada porque es nuestra responsabilidad, porque si no se va a caer en pedazos y es la primera sinagoga ashkenazím y es importante. En segundo lugar, si no hay dinero, que se consigan donadores particulares que quieran aportar para esta causa y que la comunidad no se vea afectada. Y si los judíos ya no viven en esta zona y ya no van a venir aquí a rezar, pues vamos a abrirla al público, vamos a reciclarla como un espacio de conocimiento. Para los judíos es un lugar donde pueden acercarse a sus raíces; para los no judíos, pueden conocer acerca de los judíos, que es algo que siempre está muy cerrado y la gente se hace muchas ideas en la cabeza, muchas de las cuales son absolutamente falsas. Pero si no abres al conocimiento, te llenas tus huecos con todos los prejuicios, estereotipos y demás. Creo que esto puede ayudar a que la gente a lo mejor cambie su percepción, cuando es negativa, para conocer un pueblo que además es parte de México desde hace muchos años.

Mónica transpira convicción cuando habla del tema y continúa:

—Creo que ésta es nuestra aportación a ese conocimiento. Es muy pequeña, pero creo que todo es bueno: abre puertas, abre puentes, abre diálogos. Que la gente vea que somos iguales, que somos un pueblo como todos los demás, donde hay gente buena y mala, donde hay gente rica y pobre, donde hay gente que sabe mucho y gente muy ignorante, como en todos los pueblos. Ésa es la misión del proyecto.

Con ese objetivo, empezó la restauración de la sinagoga, la cual concluyó en 2009. Desde entonces abre sus puertas a todo aquél que quiera conocer un poco sobre el judaísmo y visitar el hermoso templo. Ésta es la única sinagoga abierta en México. Con el esfuerzo de todo el equipo de colaboradores, se ha logrado incluir en la lista de Museos de México y en algunas guías turísticas.

Como en aquellos primeros años de su creación, se han apropiado del lugar para convertirlo en un espacio de convivencia y socialización, sólo que ésta vez no es exclusivo de los judíos, sino que lo comparten con los demás.

El lugar está abierto todos los días y aunque sea por curiosidad o fortuna, llega algún visitante que se anima a cruzar el umbral, resguardado por las Estrellas de David que están talladas en el portón de madera. El primer y el tercer domingo de cada mes hay visitas guiadas, en las cuales no es extraño encontrar algún grupo de cristianos genuinamente interesado en el lugar, su historia, origen, cultura y ritos.

El segundo domingo de cada mes se ofrecen visitas a lo que fue el barrio judío, que se encuentra en las calles de Guatemala, Loreto, Justo Sierra, Academia y Jesús María. Al frente de los recorridos ya no está sólo Mónica, se han sumado cuatro jóvenes talentosísimos ─una de ellas trataba de hacer el café durante la conversación, pero los ruidos que salían del fondo de la estancia advertían los problemas técnicos que estaba teniendo en ese momento—. Una de ellas es actriz y está colaborando con una parte actuada en las visitas. En una vecindad del barrio, de repente, se aparece una “inmigrante” y la gente no entiende qué está pasando. Hay gente que piensa que es una inmigrante de verdad, pero cuando dice que llegó a México hace diez años, en 1920… las cosas empiezan a cobrar sentido.

Además, hay conciertos, conferencias, obras de teatro, ocasionalmente visitas al cementerio Monte Sinaí —que este año cumple 100— o a la colonia Roma, se proyectan películas; incluso se llevan a cabo actos sociales de la comunidad judía, cuando la cantidad de invitados lo permite, como aquella vez que tuvieron las bodas de oro de una pareja que se casó justo en el mismo lugar.

La atención en la Sinagoga Histórica Justo Sierra refleja una auténtica vocación de servicio. Cuando se busca a Mónica para cualquier consulta sobre el tema, responde amable. Rebosa seguridad y puede hablar al respecto por mucho tiempo. Pero más allá de las atenciones, de las palabras, de las referencias, sólo basta cruzar la firme puerta de madera, subir las escaleras y entrar a la sinagoga para entender la maravilla del lugar. Ahí las palabras sobran. La belleza conmovedora atraviesa prejuicios, ideas y rencores por el deicidio. No hace falta ser judío, no hace falta saber del tema para admirar calladamente aquél fragmento que se trajeron de Lituania —es réplica de una sinagoga de aquél lugar, la cual ya no existe— y entender que más allá de las creencias, las emociones son universales.

Si quieres leer más crónicas, visita Crónicas de Asfalto.