Opinión: ¿En verdad ganamos al ganar?

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Más alto, más rápido, más fuerte… ¿para qué?
La locución latina Citius, altius, fortius fue rescatada por un sacerdote dominico amigo del barón Pierre de Coubertin, creador de los Juegos Olímpicos de la edad moderna, quien lo tomó como lema junto con el conocido “lo esencial no es ganar, sino participar”. Años después, Vince Lombardi, el legendario coach de futbol americano, transformó la frase en “lo importante no es ganar: es lo único”.
Y así nos enseñaron desde niños: a ganar, no importa cómo, pero hay que ganar. La pregunta es ¿ganar qué?
Los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro nos han dado un sinfín de estampas en las que queda demostrada la avidez de los deportistas por obtener la preciada medalla de oro. Las redes sociales y los comentaristas deportivos nos han mostrado el desprecio por la mayoría que no lo logra.
No importan el esfuerzo ni las condiciones, muchas de ellas miserables, en las que los deportistas hayan tenido que entrenar o viajar para llegar a la competencia. Lo importante es ganar un pedazo circular de metal dorado (porque las medallas no son de oro) y algo que dicen que se llama “la Gloria Olímpica”.
Traslademos esta dinámica a nuestra cotidianeidad en la que lo único que importa es ganar ya sea dinero, poder, fama, notoriedad, reconocimiento o, por lo menos, ser el primero en ingresar al Metro o meterse subrepticiamente en la fila de las tortillas.
“Yo no quiero tener hijos”, me dijo alguna vez una amiga. “¿Qué le espera a un pequeñito que desde que nace es obligado a competir?”
¿Cuántas veces nos hemos visto envueltos en discusiones bizantinas por el puro placer de ganar la contienda verbal? ¿ganamos algo? la respuesta es no. ¿Cuántas veces hemos derrochado energía en la escuela o en el trabajo? ¿ganamos algo? sí, tal vez un diploma o una palmadita en la espalda y muchísimo cansancio, estrés, malhumor, insomnio, frustración y otras linduras.
Por eso creo que debemos elegir nuestras batallas y luchar en las que verdaderamente valen la pena, entrar en las competencias cuyo trofeo es una verdadera ganancia material o espiritual que nos lleve a un estado de felicidad en la que no carguemos sobre nosotros el “orgullo” de haber pisoteado a otro.
“¿Cómo haré para romperte la madre?” decía una calcomanía más o menos popular en los 80s que mostraba a una inocente niña pensativa. ¿A eso queremos dedicar nuestras vidas? ¿a derrotar gente?, ¿a ver en todas partes a un posible adversario para romperle la madre?, ¿a no dejar que nos rebase un auto, nomás por orgullo? ¿a ser más altos, más rápidos y más fuertes?
¿O a ser felices?
No sé los demás, pero yo prefiero ser más bajo, más lento y más débil… pero feliz.

 

Ismael Frausto
Director Editorial

Twitter: @IsmaelFrausto