Casi un oasis. Los baños del Peñón

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Por Memo Bautista

El Boulevard Puerto Aéreo es una de las principales arterias de la Ciudad de México. De hecho forma parte del Circuito Interior, al que se agregó el apelativo de Bicentenario en 2010. Bonita no es. No hay árboles ni fuentes; sus puentes peatonales están maltrechos; los microbuses y los trailers provocan mucho ruido y si uno transita a la siete de la mañana o seis de la tarde encuentra un estacionamiento por el pesado tránsito vehicular.

Pero en este caos hay un lugar, casi un oasis, donde se respira tranquilidad. Ocultos entre los departamentos de una unidad habitacional, en la esquina del Circuito Interior y la calle Quetzalcoatl, están los Baños Medicinales del Peñón. No es difícil ubicarlos. Enfrente perdura el Cerro del Peñón, desde el que lanzaron el corazón sangrante del mítico guerrero Copil y del cual nació el nopal donde se posó el águila que devoraba a una serpiente. Si uno abre bien los ojos verá que del multifamiliar se asoma, muy a fuerza, la cúpula de una capilla colonial.

A diferencia de los pocos baños públicos con vapor que quedan en la ciudad, no hay peluquería ni mostrador con artículos de limpieza personal ni un empleado que imprima en su ruidosa máquina los boletos de cartón rosa, azul o verde. No. Aquí está la clínica del terapeuta René Mey, una pared con dos reconocimientos internacionales que certifican las propiedades minerales de las aguas del Peñón y una señora de 50 años, que luego de cobrar indica el camino hacia los baños.

Uno pasa y la boca cae de asombro al descubrir el pequeño jardín y la capillita franciscana del Siglo XVII prácticamente en ruinas, que no pierde majestuosidad. Todo protegido por tres pisos de departamentos. Aún enmedio del bullicio y a un kilómetro del aeropuerto, reina una atmósfera de paz.

Apenas uno se repone de la impresión cuando, a la entrada de los baños, descubre en la sala de espera un gran espejo de marco dorado que, cuentan los clientes, perteneció a la emperatriz Carlota. Más adelante hay unas piedras extraídas de la construcción mexica que está bajo la capilla. De una escurren hilos marrón. Tal vez restos de algún sacrificio. Para no caer de la sorpresa, uno toma asiento en las grandes y toscas sillas que también son de la época colonial.

Aquí han tomado baños medicinales personajes como Cuitláhuac, Maximiliano, Porfirio Díaz, Venustiano Carranza y Pedro Infante. Hoy vinieron el corredor amateur que necesita un masaje, la señora de la colonia Moctezuma que busca alivio a su dolor de cintura al contacto con el agua y el comerciante que dejó en su puesto de tianguis a su hijo para que él pueda darse un baño reparador. Nadie trae el jabón Nórdico, el zacate y el rastrillo. Eso cortaría las propiedades curativas de estas aguas magmáticas que contienen bicarbonato, magnesio, calcio, potasio y litio, entre otros componentes.

Es tiempo de tomar el baño en uno de los pequeños cuartos con tina de mármol, que más bien parece una alberquita. Hay que entrar con una bebida isotónica para evitar la deshidratación pues el agua alcanza hasta 45 grados centígrados.

Sale el vapor. A respirar profundo para que la emanación descongestione las vías respiratorias. Y como dicen que el chorro también es bueno, hay que entrarle de una vez, encueradito para que el agua penetre por todos los poros del cuerpo.

La dermis siente el contraste de temperatura entre el agua caliente y el frío mármol que poco a poco se aclimata. Después, en un silencio casi ceremonial, el cuerpo flota, es expulsado por esa agua pesada que por momentos presiona. Hay que sujetarse de los extremos de la tina para sumergirse de nuevo.

Luego de 10 minutos, a tumbarse en el camastro forrado con vinil azul y cubierto por tela blanca de manta, para que el cuerpo sude. Cuando uno pasa la mano por el rostro siente el cutiz suave, lisito. La frase “me quedó la piel como nalga de bebé” cobra sentido. Tras 40 minutos tocan a la puerta. Se acabó el tiempo.

Para rematar un masajito con don Nachito, que a sus más de 80 años tiene una técnica que lo deja a uno con ganas de no querer salir del lugar. Sus manos presionan, soban, golpean con suavidad cada parte del cuerpo desde la punta de los cabellos hasta la uña del dedo meñique del pie, excepto las nalgas. Esas no.

Luego de esta sesión es hora de vestirse y regresar, ya con nuevo brío, al ajetreo de la ciudad. No sin antes dirigirse a un rincón de la recepción donde está un hermoso contenedor de cerámica con agua del manantial subterráneo y beber tres vasitos del líquido para que el cuerpo quede bien repuesto, por fuera y por dentro.

Si quieres leer más crónicas, visita Crónicas de Asfalto.