El reloj Otomano. Contando las horas al estilo turco y libanés

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Por Arturo García Caudillo

Debo reconocer que nunca le había puesto atención, que nunca me había detenido a observar si marcaba las horas, si funcionaba o si solo era parte de la fachada de la institución bancaria que esta ubicada en esa esquina. ¡Vaya!, ni siquiera había notado su presencia. Es más, tengo que decir que no lo andaba buscando, pero al caminar por la calle de Artículo 123, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, entre refacciones de lavadoras y estufas, me seguí de frente, pasé por el Barrio Chino, crucé el Eje Central y una cuadra después ya estaba ante su presencia, ahí, en Venustiano Carranza y Bolívar, justo en la llamada Plaza de la Ranita.

Cuentan las malas lenguas —en realidad lo leí en la placa que lleva en un costado— que este monumento, conocido como El Reloj Otomano de la Ciudad de México, es una obra arquitectónica y de ingeniería que fue obsequiada a nuestro país como una muestra de solidaridad, pero también como agradecimiento a la hospitalidad que los mexicanos de aquella época dieron a la comunidad otomana.

En las últimas dos décadas del siglo XIX, sirios, palestinos, armenios y sobre todo libaneses, migraron a México procedentes de Medio Oriente, durante el mandato de Porfirio Díaz, por los conflictos sociales que afectaron a la zona. Los primeros emigrantes desembarcaron en el Puerto de Veracruz en 1878 y después se establecieron en el barrio de La Merced. Huían del dominio de la Sublime Puerta, como le llamaban al gobierno del Imperio Otomano, que llegó a someter parte del sureste europeo, el Medio Oriente y el norte de África. De igual forma, a la región se le conocía como Turquía y por ello a la ola de migrantes se les llamó en el país “turcos”, porque así lo indicaba su pasaporte, o árabes, por su lengua.

Curiosamente —lo deduje por la fecha que lleva inscrita— el Reloj Libanés o Turco, como también se le conoce, fue regalado a México unas semanas antes de que estallara la Revolución Mexicana, el 22 de septiembre de 1910, como parte de las celebraciones de los primeros cien años de la Independencia de México. Es decir, cuando Porfirio Díaz aún era presidente y la insurrección estaba a punto de estallar.

 

Cuando levanté la vista noté varios detalles que despertaron mi curiosidad. Para empezar, el reloj está montado en una torre estilo morisco adornada con mosaicos como los de la Casa de los Azulejos, con tonos blancos, verdes, azules, amarillos, naranjas y negros. En su parte superior tiene cuatro carátulas de bronce, una por cada lado, de las cuales dos marcan el tiempo en números arábigos occidentales, tal y como se usan en México, y las otras dos llevan números Arábigo-Índico. Eso fue lo que me llamó la atención.

Mientras tomaba fotos noté más detalles, como el que la torre esta coronada por una pequeña cúpula adornada con más mosaicos minúsculos en tonos azul marino y turquesa y tres campanas doradas colocadas de forma vertical. En la punta están unidos los símbolos de las banderas de Turquía, México y el Líbano, es decir, una media luna con una estrella, el águila sobre el nopal y un árbol de cedro.

A un lado, un pequeño jardín en el que sobresale una escultura de una rana músico que toca una mandolina —la cual, por cierto es una copia porque la original fue robada hace años— que coronaba la fuente que estaba en el lugar, y una obra en relieve en la que hay otros animales tocando instrumentos.

Luego de mantenerme unos minutos contemplando el Reloj Otomano, que sí funciona, sí marca la hora correcta y que si hablara sabe Dios lo que diría, noté que si cruzaba la calle podría entrar a una cantina, que según dice su marquesina, fue inaugurada en 1874. Me dirigí hacia ella. Pero esa es otra historia que ya les contaré.

Si quieres leer más crónicas, visita: Crónicas de Asfalto.

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