Opinión: Normalizar la presencia de la mujer en el poder

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Por Gabriela Jiménez Godoy

La pandemia ha demostrado la capacidad de la mujer para contener la crisis de salud en las naciones.

Recientemente, un artículo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), reconoció a “16 presidentas y ministras líderes en crisis de COVID-19, pero aún hay barreras”. Se habló del papel de las mujeres, como el de la Primera Ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, quien erradicó el virus por completo, así como de Angela Merkel, quien con rigor científico controló el pánico, restringiendo desde el inicio de la pandemia las salidas y entradas a Alemania.

En México, contamos con dos mujeres gobernadoras. En el caso de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, ha sido franca en las condiciones capitalinas y ha preparado el regreso a la nueva normalidad. La Gobernadora sonorense Claudia Pavlovich, ha mantenido un índice de menor mortalidad que el resto de los estados.

Las mujeres están jugando un papel histórico en muchas naciones, pero como lo refiere la ONU, llegar a estos espacios y sobre todo mantenerse, no es fácil.

En 2018 entró en vigor la reforma de Paridad Total en México, que brindó el 50% de los espacios de elección popular. Sin embargo, aún ocupamos sólo el 33% del total de estos cargos. Aunque ha sido un acelerador para nuestra participación política, tuvieron que pasar años de luchas para lograrlo. La fuerte cultura machista mexicana es una barrera vigente.

Ejemplo de lo anterior fueron las renuncias de Las Juanitas: 8 mujeres que dejaron su posición de diputadas federales en 2008, para que suplentes hombres las relevaran al día siguiente de tomar posesión. Se dejó al descubierto que la paridad de género estaba siendo burlada y que se ejercía presión a las mujeres, a cambio de arreglos económicos. Esta situación se repitió en 2018 en Chiapas con 50 diputadas locales y en Oaxaca en 2019, con 3 alcaldesas obligadas a ceder su lugar a hombres.

Hace unas semanas, dos senadoras y una diputada local poblana fueron violentadas en sesiones virtuales, desestimadas y ridiculizadas por su vida personal.

La violencia política también genera efectos psicoemocionales, como el estrés y ansiedad. Los estereotipos y sexismos generan violencia política, laboral, psicológica, económica y hasta digital, que muchas veces nos obligan a decidir entre la vida personal o el cargo público.

La nueva realidad demanda impulsar formas de garantizar la participación libre de las mujeres y que, por fin, se deje de desestimar nuestra capacidad. Se requiere que exista apoyo entre mujeres y hombres.

Sigamos capacitando a las mujeres en línea para empoderarlas y a hombres en equidad de género. Equiparemos los salarios y el trabajo virtual. Recordemos que todo viene desde la infancia, con una crianza completamente igualitaria. Mujeres y hombres, ¡normalicemos la presencia femenina en el poder!

Gabriela Jiménez es presidenta de la Fundación Dime y Juntos lo Hacemos e Integrante del Colectivo 50+1