Miedo a volar I

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No recuerdo cuando nació mi temor a volar. Cada vez que debo subirme a un avión, me receto un par de tragos para darme valor. No sudo frío ni me entra la temblorina. Soporto con estoicismo las horas previas al abordaje, pero cuando el avión se enfila hacia la pista y acelera para ascender, mis nervios juegan en mi contra. Todo se debe a que si algo falla, si una turbina se detiene o la estructura se fatiga en uno de tantos puntos críticos, sobrevivir será misión imposible. Un amigo cercano dice que las probabilidades de morir en un avión son mínimas y que estos accidentes ocurren luego de una larga cadena de errores; es más probable morir atropellado que formar parte de las estadísticas negras de la aviación comercial .

Las turbulencias no hacen más placentero el trayecto. Cuando persisten, cierro los ojos y pienso que viajo en un autobús, y que las sacudidas son causadas por los baches no reparados por los concesionarios. Otro remedio es pensar en Charles Lindbergh, “Lindy”, el hombre que en mayo de 1927 atravesó por primera vez el Océano Atlántico, solito, a bordo de “El espíritu de San Luis”, en una época en la que no había radares, las pistas eran de tierra y los accidentes ocurrían todo el tiempo.

Este héroe nacional enfrentó el secuestro y muerte de su hijo, y luego fue señalado de ser pro-nazi, al ser parte de un bloque que exigía que Estados Unidos no participara en la Segunda Guerra Mundial. Philip Roth, en una de sus grandes novelas, “La conjura contra América”, cuenta una historia del tipo what if: si Charles Lindbergh hubiera ganado la presidencia en 1940, habría pactado con Hitler la invasión de toda Europa, y el destino de los judíos estadounidenses se habría pintado de negro. Es un libro de casi 400 páginas en el que historia y ficción se entrelazan para armar una trama inquietante, y que en el contexto internacional actual ofrece perspectivas poco optimistas. “…me pregunto si no habría sido yo un niño menos asustado de no haber tenido a Lindbergh por presidente o de no haber sido vástago de judíos”, dice al inicio. Si cambio el nombre del aviador por el de Trump, y judíos por mexicanos, seguramente mi temor a volar se irá a otra parte.

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