GRETA VAN FLEET ¿QUIÉN DICE QUE EL ROCK ESTÁ MUERTO?

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Enésimas ocasiones se ha decretado la muerte del rock, la más reciente ante el imperio del reggaetón en la música pop. Y en enésimas ocasiones ha sido el propio rock el que se ha encargado de estampar una bofetada en las mejillas de aquellos que lo quieren muerto. 

Greta Van Fleet, el cuarteto de Michigan que ha herido las susceptibilidades de la culta prensa roquera –y de algunos músicos- por su inmenso parecido a Led Zeppelin, llegó al Teatro Metropólitan de la Ciudad de México para dejar en claro que el rock se toca fuerte, duro y directo y que, gracias a estas nuevas generaciones de músicos, está tan vivo como el día en que nació.

Diez canciones bastaron a los hermanos Kiszka y a su primo Danny para emular a las grandes bandas e inyectar una dosis de energía, desenfado y misticismo como se hacía en los viejos tiempos.

Con la alineación clásica para un grupo de rock duro: bajo, guitarra, batería y voz, Greta Van Fleet cumple a la perfección con las odiosas, pero inevitables, comparaciones con Led Zeppelin. 

De hecho, la fórmula zeppeliana está ahí descaradamente y no parece que, por el momento, quieran huir de ella: la batería a cargo de Danny Wagner es tremendamente poderosa y con la misma configuración que usaba el inmortal John Bonham, Sam Kiszka toca un bajo preciso y teclados envolventes, al estilo de John Paul Jones; Jake Kiszka derrocha riffs y solos de guitarra e-ter-nos de la misma forma que Jimmy Page y su gemelo Josh, amén de su apariencia de hobbit, canta con el corazón en la garganta y un rango vocal altísimo, como hiciera Robert Plant en sus inicios. 

Sí, son odiosas las comparaciones pero es innegable que el espíritu de Led Zeppelin se posó sobre Greta Van Fleet. 

COMO EN LOS VIEJOS TIEMPOS

Josh Kiszka entra al escenario aventando rosas blancas al público. 

Una guitarra suena con licks de blues. El grito agudo la interrumpe, los remates de bajo y batería marcan el inicio: The Cold Wind irrumpe entre los 3 mil 500 asistentes al Teatro Metropólitan. 

Josh Kiszka. Una voz de grandes alcances.

El riff inconfundible, a la vieja escuela, de Safari Song tiene a todo el público de pie. La voz de Josh es sensual a pesar de su apariencia que contradice el adjetivo. Sus agudos se antojan imposibles y su conexión con la audiencia es inmediata. 

Su gemelo Jake toca con autoridad, con toda la actitud de héroe de la guitarra. Nada qué reprocharle, el sonido de su Gibson SG es impecable, cristalino y duro, su toque es absolutamente clásico, lleno de blues. El primo Danny esboza un solo de batería para rematar la canción y engancharse directo a Black Smoke Rising. Todo en Greta Van Fleet privilegia las melodías hermosas montadas sobre densos acompañamientos, a veces ásperos, otras, dulces. 

Flower Power hace un guiño a la esencia hippie de la banda, You’re the One, Black Flag ExpositionWatching Over  crean escenas. Con su breve trayectoria, la banda sabe cómo construir momentos y cómo comunicarlos a su público. 

Edge of Darkness es climática. La garganta de Josh se desgarra mientras Jake enloquece con su guitarra por más de 9 minutos, contradiciendo las tendencias, haciendo lo que se le antoja sobre el escenario, tocando con el corazón, emocionando a sus escuchas con sus desplantes, exprimiendo hasta la última gota de jugo a sus escalas pentatónicas. Sus compañeros aguantan su viaje a través del diapasón. Sí, el hombre se cree un guitar hero. Lo es. 

Jake Kiszka, el nuevo Guitar Hero.

Luego de despedirse de su público enardecido, Greta Van Fleet se tarda más de lo normal en volver al escenario con When the Curtain FallsHighway Tune. 

Ya aprendieron a ser rockstars.