Embalsamar. El oficio de producir cadáveres bien parecidos

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Memo Bautista

Un fuerte olor acre golpea la nariz. El aroma a amoniaco se siente en la piel y hasta destapa las fosas nasales. Los ojos arden por la irritación causada por los químicos que impedirán la rápida descomposición de los cuerpo, principalmente formol. Me encuentro en la sala de embalsamamiento de la Funeraria Grossman, en la colonia Doctores de la CDMX. Parpadeo rápidamente y arrojo dos lágrimas. De inmediato hay alivio. 

Giselle López y Luis Cervantes son los tanatopractores —nombre correcto de los embalsamadores— en ese lugar. No rebasan los 24 años de edad. Su oficio está lejos del estereotipo millennial. Una bata corta y guantes de latex es su uniforme. Si el cadáver llega en estado avanzado de descomposición o impregnado de sus desechos agregan mascarilla y mandil negro de hule. 

Una chicharra avisa que llega un cuerpo. Es una de las 655 mil 688 personas que, según el INEGI, pierden la vida al año. 71,003 en la CDMX. Una persona muerta cada minuto.

Con habilidad cargan el cuerpo de un hombre de unos 85 kilos y lo depositan en la cama plateada. Quitan la ropa. La camisa se atora. Un ligero masaje logra que las extremidades se muevan para retirar el suéter y demás vestuario. En un día común embalsaman cinco cadáveres. En una jornada atareada trabajan hasta 11. Por cada cuerpo les pagan en promedio 150 pesos.

“El embalsamado es un procedimiento en cuatro pasos —cuenta Luis. De sus 24 años, 11 los ha dedicado a detener la descomposición de los cuerpos—. Primero hay que localizar la arteria, luego inyectar el formol. El siguiente paso sería troquear para sacar líquidos y gases del cuerpo; y por último el arreglo estético”.  

Giselle toma un bisturí y pinzas quirúrgicas. La licenciatura en criminalística y criminología, así como los cursos en tanatopraxia y las prácticas en el IMSS le han proporcionado los conocimientos para hacer un corte preciso en la pierna derecha del cadáver. Mete las pinzas. Se abre paso con fuerza. Encuentra la artería femoral y la expone. La raspa para introducir la cánula, que inyecta la solución que conserva al cuerpo hasta por 15 días. En diez minutos la solución recorre todo el cuerpo.

La chica da masaje en los brazos y la cara para que el formol circule. Algo de solución sale por las fosas nasales. El proceso ha concluido. Ahora acciona el interruptor de un motor. Empuña un tubo delgado. Parece una torera midiendo a la bestia antes de clavar el estoque. La punta del tubo queda casi al final del esternón del cadáver. Con un movimiento decidido hunde la lanza, que llega al corazón. Comienza a extraer los fluidos de ese músculo hueco, aunque los amantes digan que rebosa de amor. Después va a la tráquea para absorber los desechos y acuosidades de nariz y garganta. “Primero empezamos a sacar los líquidos del corazón, luego de los pulmones, vesícula, riñones. Y ya después los gases de los intestinos”, explica Giselle.

Luis lava la cara del hombre. Delinea con un rastrillo la barba apenas crecida. Giselle termina el drenado. Sutura las tres aberturas y mete algodón para que contenga el líquido que llega a quedar y no manche la ropa. Entre los dos embalsamadores visten al muerto. Primero los calzoncillos y el pantalón, luego la camisa. Luis aplica unas gotas de pegamento instantáneo en la comisura de los labios para componer la expresión y en los párpados para que los ojos aparenten guardar el sueño.

Giselle toma varias bases de maquillaje. Cuando encuentra la que queda al tono de piel del cadáver, Luis comienza a maquillar. Pasa rímel por la cejas y la barba. Aplica brillo en los labios con un pincel, gel al cabello y lo peina. “Ya tomó un color, ahora sí que más vivo”, dice Luis.

Cincuenta minutos después el cuerpo está de nuevo en el ataúd. Luis, que estudió criminalística en el Politécnico y se especializó como técnico embalsamador, le junta las manos, las mueve en círculos para que pierdan rigidez y queden debajo del pecho. El cuerpo no parece un cadáver, sino un tipo sumergido en un sueño profundo. “Ese es el chiste de embalsamar: dejarlos dormir, dejarlos tranquilos”.