Deep Purple o lo que viene siendo hacer música de verdad

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Cuenta la leyenda que alguna vez hubo músicos… y que esos músicos sí fueron a la escuela.

En una época en que la Academia Latina de la Grabación (entiéndase la agrupación de personas que deciden cuál es la “mejor” música) premia a Maluma, llegan unos ancianos a mostrar que la música, la verdadera música, se construye sin Autotune, sin cajas de ritmo y sin secuencias electrónicas.

Deep Purple, la banda formada en 1968 y que junto con Led Zeppelin y Black Sabbath conforma la Santísima Trinidad del hard rock -a la postre, heavy metal- llegó a la Arena Ciudad de México para mostrar, por enésima ocasión, que la música, la verdadera música, no es juego de niños.

No señores. No se trata de tocar la guitarrita. El rock and roll es cosa seria. Su ejecución debe ser impecable y está lleno de técnicas y academicismos que, por supuesto, muchos desdeñarán en aras de la modernidad, pero que todos estaremos de acuerdo en que el lenguaje musical para ser universal, como lo es, requiere de estudio, dedicación y algo que muchos han olvidado: corazón.

A estas alturas de la historia Deep Purple no tiene nada que demostrar. A lo largo de medio siglo lo ha hecho. Fueron la primer banda que mezcló la música sinfónica con el rock y todas sus melodías vienen impregnadas de ese estilo barroco que con el paso de los años se conoció como “metal neoclásico”. Antes que todos estuvo Deep Purple.

Dicen que no se van, aunque el nombre de la gira sea The Long Goodbye Tour. Nosotros lo tomamos como despedida: Ian Guillan portando orgulloso una playera huichol sigue deleitando con ese espléndido timbre de voz que le hizo merecedor de ser el primer Jesucristo Superstar. Tal vez sus gritos ya no son los de antes, pero sigue cantando como Dios. 

El sempiterno órgano Hamond, ahora en las manos de Don Airey, luego del deceso del inmortal Jon Lord, el eterno bajo imperturbable de Roger Glover, la impresionante batería de Ian Paice y la celestial guitarra de Steve Morse, el único guitarrista que ha podido calzar con sobrada dignidad las botas de Ritchie Blackmore. Puro músico de verdad, orgánico, de los que tienen callos en las yemas de los dedos y saben hacer llorar sus instrumentos.

¿Las canciones? las mismas de siempre. Las que durante cuatro décadas (tal vez cinco) nos han hecho cantar y berrear: desde la majestuosidad acelerada de Highway Star con el legendario in crescendo de la batería y los épicos solos de teclado y guitarra hasta el riff más tocado en la historia de la humanidad: Smoke on the water.

Space Truckin’, Lazy, Hush, Perfect Stranger, Black Night... ¿cuántos clásicos ha brindado Deep Purple a la cultura pop? a estas alturas eso es lo de menos. Lo importante es que esta banda ha dado a la humanidad la certeza de que la música es un arte que se debe respetar, que es sagrada y que intrínsecamente, por sobre todas las cosas, lleva consigo la definición de belleza.